Carta al éter IV
Feliz cumple en ausencia, Má.
Esta carta forma parte de una serie que escribo cada 28 de febrero para conmemorar la fecha de nacimiento de Mamá. A continuación, las ediciones anteriores:
Londres, 28 de febrero de 2026
Mami:
Otra vez me moría de ganas de escribirte. Aún no decido si es buena o mala idea limitar estas cartas a una frecuencia anual. Me inclino por lo primero. Llevo acumulados doce meses de verborragia, de momentos donde quisiera contarte lo que me pasa a vos, antes que a nadie.
Bueno, no me acuerdo cuánto te adelanté en la última carta, pero es hora de ser más clara: CASA VIDAL ya es un hecho. El terreno rochense que adquirí se emplaza en una esquina proyectada a convertirse en avenida (no creo llegar a verlo, quizá Luisa sí). Por ahora es un terreno repleto de árboles que quiero preservar en la mayor medida posible. Ya tengo un plano con medidas y desbordo de ideas sobre cómo habitarlo. El espacio será mi hogar y, simultáneamente, casa de tertulias gastronómicas, intelectuales y bohemias.
¡Ay, mami! Te pensé todo el verano. En realidad te pienso permanentemente pero, cuando la vida contemplativa me lo permite, te siento en un tercer estado que no es ausencia ni presencia.
Estaba sola yo en esa playa desierta, leyendo, pero si me concentraba lo suficiente podía visualizarte a mi lado, casi como un holograma. No pretendo ponerme metafísica ni aburrirte, pero te imaginé sentada en tu silla de aluminio celeste. Al costado tenías el bolso-conservadora livianito tuyo, el de siempre, con un tupper con ensalada de papa, chaucha y huevo. El tomate, suelto y entero, lo cortabas en el momento usando una tabla de picar ínfima, de plástico. Tenías listo el aderezo en una botellita de salsa de soja, que alguna vez te vino con el delivery de sushi. La habías lavado para completarla con tus proporciones perfectas de sal, aceite y vinagre.
Tan solo me acompañabas, Má. Ahí en silencio, con uno de tus inimitables sombreros playeros, levantando el mentón para que el sol de la tarde te diese de lleno en la cara. Me preguntabas qué leía y yo me esforzaba por explicarte como si estuviese dando lección. Me decías que querías amasarle ravioles a todes mis amigues, que eligiese qué noche de la semana lo podíamos armar. Me dabas una lista de ingredientes y me explicabas con qué partes de la mise en place necesitabas ayuda. Mi vida se dedica a eso actualmente, ¿sabías? Diseño menús, planifico toda su logística y los ejecuto con pasión meticulosa (esa pasión que siempre me ponderaste públicamente). Hoy serviré un choux cisne de frambuesa y chocolate blanco, en tu honor.
¡Ahora también me dedico a la ficción, Má! Igual que a los ocho, ¿te acordás? Empujé una puerta, se abrió y ya tengo mi primer trabajo. Escribiré autoficción alrededor de la comida para un journal literario gastronómico, en inglés y en español. ¿Podés creer? Seguramente, pues me viste contar historias desde que nací: con palabras, con canciones, con un plato. En todo fuiste mi fan número uno. Soy tan afortunada.
Recuerdo el momento donde me pediste que te corrija los discursos para los actos. “Hija, vos superaste ampliamente mis conocimientos; meté mano”, me decías cuando me daba pudor modificártelos. Hoy me aferro a tus palabras cuando me visita el síndrome de la impostora y dudo de mis capacidades. Igual cada vez pasa menos. ¿Será la edad? Cumplí cuarenta en diciembre rodeada de viñedos y amor, en Mendoza.
Siento que llegué el clímax de mi vida. Es ahora. Absorberé todo el saber posible en esta megaurbe, mientras trabajo para dar forma a mis sueños a mediano y largo plazo. Seré la cocinera-escritora del monte uruguayo. Me repito: estoy siendo.
Ya dejé de buscar los conceptos que puedan abarcar lo mucho que te extraño. El lenguaje se queda corto y por eso me he inventado una forma de comunicación nueva. Cocino para vos y con vos cada plato. Para elegir qué preparar, solo necesito la confirmación de tu paladar superlativo. Nunca estoy sola entre las hornallas. Quizá por eso disfruto pasar tanto tiempo con el delantal puesto.
Escucho tu voz en mis entrañas mientras camino por las calles de Mayfair o Knightsbridge. Es una versión muy nuestra de “m'hijito, el dotor” jajajaja :D En este caso les contás a tus amigas: “mi hija, la cocinera de Harrods”. Yo sonrío y te contesto que me emociona más agasajar a diez amigos con un pollo al disco, con los pies sucios de arena y el pelo revuelto por la sal del mar. Vos retrucás que es distinto, que cada cosa tiene lo suyo, pero que qué nivel y qué preciosos son los delantales que luzco en mis eventos londinenses.
Estoy orgullosa de mí misma en tu nombre.
Es tu apellido el que llevo bordado en mi chaqueta de chef, el que quiero dar a conocer en el mundo entero.
Te amo tanto, Mami.
Nunca te fuiste.
¡Feliz cumpleaños!





Hola bella escritora cocinera, leí la carta a tu mamá, me emocioné y me hiciste recordar a mi propia mamá. Ahora que estoy caminando los ochenta años me siento más cerca de ella que años atrás. Quizás el trajín de "la vida productiva" me había impedido acercarme. Mamá era tranquila, callada, su nombre era Sofía y me acompaña en este andar de la vejez. Gracias, un abrazo.
Feliz cumpleaños a ella y felices 40's y proyectos de vida para ti!