Son Mat
손맛
La pantalla solo escupe fotocopias promedio de lo mismo, me dijo Nilda sin pestañar. No se había enganchado como sus amigas, ahora aferradas al Candy Crush y a las recetas saludables de los videos de veinte segundos. Nada de eso sorprendía a Nilda, que ya lo había visto todo.
Si calcular su edad suponía una tarea difícil, preguntársela sin rodeos era, directamente, suicida. Llevaba el cabello plateado de canas atado en un rodete tirante, con raya al medio. Jamás la vi de pantalones; siempre con falda debajo de la rodilla. Encima de todo atuendo usaba, sin falta, un delantal con pinta de pechera de jugador de fútbol. Algunas pocas veces me sorprendía con ejemplares bordados, con volados o estampados chillones.
Se rio a carcajadas la tarde en que le mostré la moda de los rizadores de manteca que son casi objetos de decoración: Nena, no entiendo qué tiene de novedoso este “aparato”. Un rulo de manteca es antiguo hasta para mí. Algo similar argumentó cuando le pasé mi celular para que analizase fotos de banquetes pantagruélicos, con esculturas a base de aceitunas, panes y vegetales: Nena, los fifís siempre pusieron comida en la mesa para no comerla, para demostrarte que ellos no son unos muertos de hambre como vos y yo.
Yo insistía con ella porque cada personaje de las redes, a su vez, insistía conmigo. A ninguna de mis amigas le interesaba conversar sobre estos temas, pero Nilda siempre tenía algo para acotar. Me gustaba charlar con ella sobre todas las tendencias: las copas metálicas de tallo fino para servir postres, los moldeados de gelatina con alcohol, la fiebre de los laminados y los talleres de cocina participativos.
Un día conté quince posteos sobre cómo infusionar flores en distintos platos. Le conté a Nilda y revoleó los ojos: ¿Qué somos, colibríes? Aparte es una locura cosechar comestibles en la ciudad, con esta contaminación asquerosa. ¿Quién pondera comer flores? Uno al que le sobra donde hincar el diente, seguro. Acto seguido se sirvió un vaso de leche y untó una tostada con abundante manteca. La espolvoreó con azúcar directamente desde la azucarera y la embuchó en tres bocados.
Nunca se dejó llamar “abuela” porque decía que el término venía cargado de connotaciones negativas. Nilda ya no cuidaba, ni tejía en sus ratos libres, ni cocinaba mariscadas los domingos. Nena, no lo hago porque no tengo ganas y mi tiempo es muy valioso. Yo qué sé cuánto me queda antes de que el Creador me llame para la entrega, me aclaró un martes a las tres de la tarde mientras se encendía un cigarrillo. Estuve a punto de criticarla pero me arrepentí a tiempo. Había escuchado su cantinela tantas veces que me la sabía de memoria. Que de esto no me voy a morir, que si me van a prohibir tomar vino entonces pueden matarme ahora y ya, que para qué vivir si no puedo disfrutar… ¡es como estar muerta en vida!
Un lunes me llamó el almacenero, Alberto. Resistía con su comercio entre tanto hipermercado gracias a clientas fieles como Nilda. Se disculpó por el atrevimiento de contactarme y me informó sobre el paradero de Lili (como él la llamaba), desaparecida en acción desde que había salido a hacer las compras unas tres horas antes. Ya me estaba preocupando, a esta altura ya suele estar en casa con el puchero al fuego, le respondí aliviada.
Cuando llegué al almacén, la encontré sentada en el cordón de la vereda empuñando un chorizo colorado. Lo devoraba a mordiscones como si se tratase de una banana carmesí. Me pidió por favor que no le contase a nadie porque el médico se lo tenía prohibido. Extendí los brazos para ayudarla a incorporarse y caminamos juntas las tres cuadras que nos separaban de casa.
Yo sé que ya no te mimo con cositas ricas, nena, pero hoy vamos a hacer una excepción porque sabés guardar secretos, dijo sonriendo a mitad del trayecto. No lucía la dentadura completa, pero las piezas que le quedaban refulgían brillantes. Me frotó el brazo suavemente, sosteniéndose de mí para continuar camino. Apoyé el mentón ligeramente en su cabeza e inhalé el aroma a Heno de Pravia que emanaba de su cabello fino, finísimo.
Ya en casa se dispuso a limpiar prolijamente la mesa de madera, primero con una rejilla húmeda y luego con repasador. Extendió encima un cuenco artesanal de arcilla, tan grande que cuestioné mentalmente a cuánta gente pensaba alimentar. Lo rodeó de huevos, leche, azúcar, aceite de oliva, harina y polvo de hornear. Por último, develó el misterio: Nena, vamos a preparar madalenas.
Se dirigió a la bacha de la cocina y se quitó los anillos. Dedicó unos buenos sesenta segundos a lavarse las manos y unos treinta a cepillarse debajo de las uñas. Regresó a la mesa y, mientras rompía una docena de huevos, me contó que había aprendido con su madre y abuela. Los días en que amasaban pan para la familia aprovechaban el calor remanente del horno a leña para elaborar dulces.
Perdí el hilo de la conversación de golpe, apenas la vi meter la mano derecha en los huevos. ¿No vas a usar un batidor, Nilda?, consulté azorada. Me explicó con dulzura que ella reproducía la receta tal cual la había aprendido: Sentir la masa con la mano es clave para airearla bien y lograr la textura perfecta; con utensilios no es lo mismo.
A los huevos les fue agregado un kilo de azúcar en forma de lluvia mientras su mano se movía en círculos, con los dedos bien separados. El azúcar pesa y debemos disolverla bien antes de agregar el resto de los ingredientes... ¡que sino las madalenas no suben!, me explicaba Nilda sin dejar de batir por un segundo. El menjunje le cubría hasta la muñeca. Luego añadió doscientos de leche y aclaró: Es que si no le ponemos leche, el azúcar no se disuelve bien en los huevos y las madalenas no suben. Su mano-batidor seguía integrando todo, ya no solo en círculos sino con pequeños golpes que llegaban hasta la base del cuenco. De la mezcla emanó una música espesa, anunciando que había llegado el momento de agregar el litro de aceite de oliva, en forma de hilo. Una vez incorporado, el sonido de la pasta cambió otra vez, ahora hacia notas aterciopeladas y redondas. Fue el turno entonces de la harina con el polvo de hornear: Lleva un kilo ciento cincuenta de harina, que también la añadimos poquito a poco sino se forman grumos.
Madre mía, ¿de dónde sacaba Nilda la fuerza para seguir batiendo? La preparación había tomado consistencia firme pero ella no parecía cansada. Me pidió que verificara que el horno estuviese a doscientos grados: Si está más alto, se queman; si está más bajo, no suben. Seguí sus ordenes al pie de la letra, absorta por esa mano impregnada de ingredientes. Ahora la levantaba en el aire, con los dedos abiertos de par en par. Me pidió que prestase atención a la forma en que la masa caía de nuevo en el recipiente, en forma de cintas pesadas. Habíamos logrado la textura correcta y lo confirmábamos no solo con los ojos. La mezcla sonaba más profunda que nunca: Escuchá, nena, ya no hace tic-tic-tic sino tac-tac-tac.
Se lavó muy bien las manos nuevamente antes de proceder a llenar los moldes de papel. Con una cuchara fue completándolos sin chorrear ni uno, con un hábil movimiento de muñeca. Entonces me pregunté cuántas madalenas habría preparado Nilda en su vida. ¿Hablamos de cientos o tal vez de miles? No dije nada y tomé su siguiente comentario como una especie de respuesta cósmica: Las preparábamos cuando había algún acontecimiento, una boda o un bautismo, por ejemplo. Espolvoreó la mitad de su producción con azúcar y remarcó: No te preocupes que, aunque les pongamos azúcar por encima, suben igual.
Toqué la bandeja recién cuando me pidió que la llevase al horno, sin especificar tiempo de cocción. Las fuimos mirando a cada rato hasta que, por fin, se elevaron como tanto había anticipado Nilda. Mientras se enfriaban, preparó un café de filtro para las dos y lo dispuso en una cafetera de porcelana pintada a mano en distintas gamas del marrón.
Me serví la primera madalena cuando la vi a ella tomar la propia. La inspeccioné atentamente bajo la luz anaranjada que penetraba las cortinas de la cocina-comedor. El pastelito había crecido considerablemente sobre el borde del molde, ostentando una panza dorada y brillante. Abrí los pliegues del papel como si deshojase una flor casi extinta y me llevé el tesoro hacia la nariz. No hubo necesidad de adivinar su composición, como solía ocurrirme en las panaderías caras que frecuentaba. No me dediqué a enumerar mentalmente ingredientes exóticos como tonka, pandan o pistacho. Tan solo me embriagó su perfume sutil a aceituna. Mordí su miga liviana y los alveolos se compactaron contra mi paladar.
Sentí el sabor de la mano de Nilda. Allí encontré los madrugones junto a su mamá para amasar al alba. El pueblo gallego donde nacieron sus abuelos, que ella nunca pudo visitar. Días enteros entre partículas de harina y olor a leña, con los brazos agotados. Canciones improvisadas en la mesada de madera, a puro puño y creatividad. Voces de mujeres que acostumbraban a cocinar en comunidad.
Las escuché conversar mientras ponían el cuerpo a la labor de alimentar. Las pude ver disfrutar de la mutua compañía durante horas. Las imaginé a todas, una por una, camino a sus hogares con las manos llenas. Creo incluso haber vislumbrado a sus familias, esperándolas ansiosamente: abuelos y abuelas, madres y padres, hijos de todas las edades, yernos y nueras, sobrinos y sobrinas, nietos, nietas y hasta consuegros. Mesas largas, peleas frecuentes y coros de carcajadas.
Ese día entendí por qué Nilda llora cada Nochebuena.



Cómo sirmpre Luján, ¡hermoso!
Maravilloso relato, me ha encantado. Gracias, Luján :)