La previa
No me cuesta nada reconocer el grupo. Están a la sombra, pasándose el mate. Lo probé una vez y mucho no me gustó, la verdad ―muy amargo, muy caliente. Apenas me ven venir hacen un gesto con la mano porque me adivinan la timidez. Me saludan con un abrazo y un beso, uno por uno, hombres y mujeres por igual. El de barba que tiene puesta la camiseta me ofrece un banquito plegable de lona. Lo tomo avergonzado porque todos los demás permanecen parados. Ellos lo notan y enseguida arriman unas reposeras y mantas. Se arma una ronda entre varios, mientras otros se acometen a encender un fuego. Un fueguito, le dicen ellos. Los que yacen conmigo despliegan contenedores plásticos, fuentes de horno tapadas con papel de aluminio y platos de madera. Me aclaran que esta es la picada, que no me llene el estómago, que deje espacio para lo que sigue. Atino a acomodarme la mandíbula para esbozar una mueca de sorpresa. Todo lo que ven mis ojos ni siquiera es el plato principal. Orgullosos, cada uno me explica su aporte al banquete. Están las empanadas de carne con pasas de la chica de anteojos. Declara: “Las hago tal cual me las enseñó mi tía Irma y al que no le gusta que no coma. Empanadas con pasas, a muerte, y con aceituna y huevo duro también”. Está la torta de cebollas de Martina; una masa de trigo húmeda con mucho gusto a queso y sabor dulce. Está el salame picado grueso que trajo el muchacho del gorro pescador azul cielo. Mientras lo corta en rebanadas finísimas me habla de su pueblo, Henderson, en la llanura pampeana. Me entrega el chacinado sobre un trozo de pan irregular, coronado por un cubo de queso de cáscara colorada. La ronda de mate comienza a perder feligreses a medida que el aire se impregna de humo parrillero. Lo cambian por un cáliz plástico, que no es otra cosa que la base de una botella de Coca Cola grande cortada al medio. Adentro, una bebida marrón oscuro que también circula; pasa de mano en mano y de boca en boca, ya sin la mediación de una bombilla. Cuando toca mi turno, asiento con la cabeza sin saber qué esperar. ¡Es un cocktail! Pasa por mi garganta más fácil que el mate, aunque también es bastante amargo. Me gana el corazón porque sabe refrescante y dulce. Alguien se ríe: “Es como una coquita de adulto”.
Las horas pasan mientras los chorizos se cocinan y yo sigo anonadado de que estos tipos hayan armado una parrilla aquí. De golpe, uno sube la música y todos gritan al escuchar la canción. Bailan al unísono levantando bien alto en el aire una mano o las dos. Las agitan mientras mueven la cadera y encorvan ligeramente la espalda. Siento la incomodidad de quedarme quieto; mis pies toman vida propia. Intento copiar sus movimientos, flameando las manos y aflojando las rodillas. Una señora de la edad de mi madre me saca a bailar. Vuelve a figurarse el círculo, esta vez rodeándonos mientras hago lo que puedo por seguirle el ritmo. Me empieza a doler la espalda baja justo cuando el parrillero anuncia que están listos los choris. Me entregan un sandwich de pan francés con un chorizo criollo y me ofrecen dos salsas, pero me aclaran que ninguna pica. Naturalmente, decido aventurarme a por ambas. La verde aceitosa sabe ácida, con mucha presencia de ajo; la otra es como una ensalada de cebolla, tomate y pimientos. ¡Qué bien que quedan juntas! Me comentan: “Lo que sí no se le puede poner al choripán es mayonesa o ketchup, es de psicópata eso”. El sándwich que disfruto es una oda a la simpleza. Me acerco a la parrilla a buscar otro chori y los ojos me arden por el humo. La chica de anteojos sonríe al verme pasar con las manos llenas de nuevo.
Uno calladito, que hasta entonces había estado a cargo de la musicalización, desenfunda una guitarra. Corean ahora, a los gritos, las estrofas de lo que parece una canción militar, agitando las manos igual que hace un rato mientras revoleaban las caderas. Me explican que se trata de la marcha de Malvinas y que es obligación cantarla hoy más que nunca. Siguen éxitos rockeros que todos conocen menos yo. Lo que más disfruto es el final de su concierto popular: las chacareras, según las presentan. Bailan en parejas abriendo los brazos como águilas, aplauden, zapatean. Se ríen a carcajada limpia aunque más de la mitad parece no saber muy bien cómo seguir la coreografía. No les importa. Bailan otra chacarera y otra.
Regresa la Orden del Mate, aunque ahora hay dos ejemplares en circulación. La chica de anteojos, a esta altura una especie de traductora cultural, me indica: “Es que somos muchos y encima yo suelo colgarla como si la bombilla fuera un micrófono”. ¿Cuántas horas han pasado? Lega el momento de abrir paquetes voluminosos envueltos en papel. Los van presentando, uno por uno: “Esto es lemon pie, esta es tarta de coco y dulce de leche y esta bandeja grandota son facturas”. Les dicen facturas a una serie de bocados de bollería de forma diversa. Unos lucen horneados y otros fritos. Unos llevan dulce de leche, otros crema pastelera o membrillo. Unos resplandecen de almíbar, otros fueron espolvoreados con azúcar molida. Los cortan al medio para que a todos les toque un trocito. Un grupito de cinco se separa para jugar al fútbol. En realidad, no arman un arco sino que charlan alrededor de la pelota. El círculo humano que me rodea insiste en convidarme mate. Acepto. Esta vez, lo amargo me limpia el paladar del dulce de leche. Se me activa algo; de repente lo entiendo.
Llega sin previo aviso el momento de levantar campamento. Se arman brigadas tácitas de limpieza y orden que resuelven rápidamente. Me advierten: “Preparate, esto solo fue una gran previa”. La “previa”, me traducen, es como denominan a la celebración que precede al evento principal. Yo sé a lo que vine; lo tengo muy presente. “Ahora vas entender qué se siente sufrir como nosotros”, comenta la chica de anteojos, mientras me ofrece su camiseta. A esta altura ya la siento mi amiga, aunque ni siquiera sé su nombre. Casi sin mediar palabra, se dividen en 5 vehículos de distintos tamaños. Antes de tocar el pavimento ya entonan canciones desaforadas sobre estrellas, gloria y Dios.
Le escribo a mi novia desde el asiento trasero del coche del parrillero: “Vamos camino a ver el partido contra Inglaterra. Ya me adoptaron. Quiero que gane Argentina”.


Buenísimo, ganó Argentina y con la lectura de este texto me dieron ganas de comerme un chori y lo voy a hacer. Ya largo la compu y me voy a la carnicería. También me haré una ensaladita criolla.
Quiero estar en esa previa 🥹